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El auto viejo que no quería trabajar

En el fondo del galpón del campo había un auto viejo, de esos que alguna vez fueron orgullosos y brillantes cuando eran nuevos, pero que ahora estaban cubiertos de un polvo tan grueso que parecía harina.
Todos lo llamaban “Silencio”, el auto.
Cada mañana el ogro pasaba por delante, lo miraba y decía:
—Che auto… ¿hoy querés arrancar?
Y el auto respondía con un ruido que parecía un abuelo:
—No… ay, no… déjenme dormir…
El papá escuchó eso y se largó a reír.
—Parece que se queja como si fuera un sueño eterno.
—Y sí —dijo la vaca—, vive acostado.
Pero ese día el ogro tenía que mover unas cajas enormes.
—¡Auto, por favor! ¡Un empujoncito nomás!
Y el auto respondió con el esfuerzo más falso del mundo:
—¡Ay, no! ¡Me duele la batería!
El Sapo Aldo se acercó, lo tocó con un dedo y quedó lleno de polvo.
—¡Ay, parezco un churro! —gritó, estallando de risa.
—Bueno —dijo la vaca—, habrá que limpiarlo un poco antes de encenderlo.
Fue entonces cuando apareció el gato, caminando con la aspiradora detrás como si fuera su mascota favorita.
—¡Acá vengo a salvar el día! —dijo levantando la cola.
La aspiradora venía rodando, torpe, chocando todo: boom boom boom boom.
Cuando la encendieron, empezó a aspirar tan fuerte que el gato salió volando hacia atrás.
—¡Me dejó el pelo como nube! —dijo con los bigotes apuntando para todos lados.
El auto, molesto por el ruido, murmuró:
—Ay, qué escándalo… ¡yo quería dormir!
—¡Dormir nada! —dijo el ogro—. ¡A trabajar!
Los sapos empezaron a empujar por atrás, la vaca ayudó con la nariz, el gato tiraba de la manija de la puerta… pero el auto ni se movía.
—Está haciendo capricho —dijo la vaca.
El auto, ofendido, hizo sonar la bocina.
Y el Sapo Pepe se rió tan fuerte que casi se cae de espalda:
—¡Ja, ja, ja, ja, ja!
De repente, el pato llegó corriendo.
—¿Qué hacen?
—Tratamos de que el auto trabaje.
—¿Probaste preguntarle qué quiere? —dijo el pato, como si fuese profesor.
El ogro suspiró y se agachó frente al paragolpes.
—Bueno, auto… ¿qué querés?
El auto respondió bajito:
—Yo quiero que me laven…
Todos se quedaron en silencio.
Pepe murmuró:
—¿Este auto está pidiendo un baño?
—Sí —dijo Aldo—. Y yo pensé que yo era el complicado.
Entonces todos se pusieron a trabajar.
La vaca trajo agua, los sapos frotaban las ruedas, el gato dirigía la aspiradora que hacía fiiiiuuu y luego limpiaba los vidrios mientras cantaba.
Cuando terminaron, el auto quedó brillante, como nuevo.
El gato lo miró y dijo:
—¡Epa! ¡Ahora parece un auto último modelo!
El auto se acomodó, orgulloso.
—Bueno… ahora sí podemos trabajar.
El ogro giró la llave y el motor arrancó con tanta energía que los sapos salieron saltando:
—¡Ah! ¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¡Nos asustó!
El auto no solo quiso trabajar, sino que se fue manejando solito hasta quedar al lado de las cajas.
—Che —dijo la vaca—, al final el auto solo necesitaba cariño.
—Y un baño —dijo el pato.
—Y una aspiradora loca —agregó el gato, riéndose.
Todos quedaron contentos, y el auto, feliz, tocó la bocina con agradecimiento:
—Bim, bim, bim, bim, bim.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
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El auto viejo que no quería trabajar En el fondo del galpón del campo había un auto viejo, de esos que alguna vez fueron orgullosos y brillantes cuando eran nuevos, pero que ahora estaban cubiertos de un polvo tan grueso que parecía harina. Todos lo llamaban “Silencio”, el auto. Cada mañana el ogro pasaba por delante, lo miraba y decía: —Che auto… ¿hoy querés arrancar? Y el auto respondía con un ruido que parecía un abuelo: —No… ay, no… déjenme dormir… El papá escuchó eso y se largó a reír. —Parece que se queja como si fuera un sueño eterno. —Y sí —dijo la vaca—, vive acostado. Pero ese día el ogro tenía que mover unas cajas enormes. —¡Auto, por favor! ¡Un empujoncito nomás! Y el auto respondió con el esfuerzo más falso del mundo: —¡Ay, no! ¡Me duele la batería! El Sapo Aldo se acercó, lo tocó con un dedo y quedó lleno de polvo. —¡Ay, parezco un churro! —gritó, estallando de risa. —Bueno —dijo la vaca—, habrá que limpiarlo un poco antes de encenderlo. Fue entonces cuando apareció el gato, caminando con la aspiradora detrás como si fuera su mascota favorita. —¡Acá vengo a salvar el día! —dijo levantando la cola. La aspiradora venía rodando, torpe, chocando todo: boom boom boom boom. Cuando la encendieron, empezó a aspirar tan fuerte que el gato salió volando hacia atrás. —¡Me dejó el pelo como nube! —dijo con los bigotes apuntando para todos lados. El auto, molesto por el ruido, murmuró: —Ay, qué escándalo… ¡yo quería dormir! —¡Dormir nada! —dijo el ogro—. ¡A trabajar! Los sapos empezaron a empujar por atrás, la vaca ayudó con la nariz, el gato tiraba de la manija de la puerta… pero el auto ni se movía. —Está haciendo capricho —dijo la vaca. El auto, ofendido, hizo sonar la bocina. Y el Sapo Pepe se rió tan fuerte que casi se cae de espalda: —¡Ja, ja, ja, ja, ja! De repente, el pato llegó corriendo. —¿Qué hacen? —Tratamos de que el auto trabaje. —¿Probaste preguntarle qué quiere? —dijo el pato, como si fuese profesor. El ogro suspiró y se agachó frente al paragolpes. —Bueno, auto… ¿qué querés? El auto respondió bajito: —Yo quiero que me laven… Todos se quedaron en silencio. Pepe murmuró: —¿Este auto está pidiendo un baño? —Sí —dijo Aldo—. Y yo pensé que yo era el complicado. Entonces todos se pusieron a trabajar. La vaca trajo agua, los sapos frotaban las ruedas, el gato dirigía la aspiradora que hacía fiiiiuuu y luego limpiaba los vidrios mientras cantaba. Cuando terminaron, el auto quedó brillante, como nuevo. El gato lo miró y dijo: —¡Epa! ¡Ahora parece un auto último modelo! El auto se acomodó, orgulloso. —Bueno… ahora sí podemos trabajar. El ogro giró la llave y el motor arrancó con tanta energía que los sapos salieron saltando: —¡Ah! ¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¡Nos asustó! El auto no solo quiso trabajar, sino que se fue manejando solito hasta quedar al lado de las cajas. —Che —dijo la vaca—, al final el auto solo necesitaba cariño. —Y un baño —dijo el pato. —Y una aspiradora loca —agregó el gato, riéndose. Todos quedaron contentos, y el auto, feliz, tocó la bocina con agradecimiento: —Bim, bim, bim, bim, bim. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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