Katyka tenía seis años y todavía dormía con los pies descubiertos.

En la penumbra de su habitación, la noche parecía contener la respiración. Las paredes, pintadas en tonos suaves azul y rosa, se veían deslavadas, como si un amanecer se hubiera quedado atrapado ahí y se negara a avanzar. La cama baja estaba revuelta, con una manta hecha bolita cerca de los pies y un peluche boca abajo, mirando al vacío. Sobre la mesita de noche, libros de dibujos con esquinas dobladas y hojas arrugadas se amontonaban alrededor de una caja de crayones abierta.

La ventana estaba entreabierta. Por la rendija entraba un aire frío que hacía bailar la cortina. Más allá, clavada en el cielo, brillaba una estrella distinta a las demás: una luz de plata, fija, alerta.

La Estrella de Plata.

Katy soñaba.

En su sueño, el cielo no era cielo, sino un espejo oscuro. Sobre él, siete lunas flotaban alineadas en perfecta quietud, como cuentas en un hilo invisible. Cada luna tenía un símbolo grabado en su superficie, tan nítido que parecía dibujado con luz:

La primera, un fuego que se retorcía sin consumir nada.
La segunda, un copo de hielo, fractal e imposible.
La tercera, una pluma suspendida en caída eterna.
La cuarta, una garra curvada, afilada, casi viva.
La quinta, una lágrima que nunca terminaba de caer.
La sexta, una sombra sin forma, como un borrón vivo.
La séptima, un símbolo hecho de ondas, como un canto congelado.

Las siete lunas giraban lentamente sobre sí mismas, proyectando reflejos que se entremezclaban. Cada vez que una luna se inclinaba, su símbolo se estampaba en el espejo oscuro bajo ellas, como si marcara un territorio secreto.

Katy no hablaba en el sueño. No sabía si podía. Pero sentía algo: una presión en el pecho, un tirón suave que no dolía, pero que daba miedo. Como si alguien —o algo— la estuviera tomando de la mano desde muy lejos y tirara de ella hacia esas lunas.

Entonces escuchó la voz.

Manga Story

Katyka tenía seis años y todavía dormía con los pies descubiertos. En la penumbra de su habitación, la noche parecía contener la respiración. Las paredes, pintadas en tonos suaves azul y rosa, se veían deslavadas, como si un amanecer se hubiera quedado atrapado ahí y se negara a avanzar. La cama baja estaba revuelta, con una manta hecha bolita cerca de los pies y un peluche boca abajo, mirando al vacío. Sobre la mesita de noche, libros de dibujos con esquinas dobladas y hojas arrugadas se amontonaban alrededor de una caja de crayones abierta. La ventana estaba entreabierta. Por la rendija entraba un aire frío que hacía bailar la cortina. Más allá, clavada en el cielo, brillaba una estrella distinta a las demás: una luz de plata, fija, alerta. La Estrella de Plata. Katy soñaba. En su sueño, el cielo no era cielo, sino un espejo oscuro. Sobre él, siete lunas flotaban alineadas en perfecta quietud, como cuentas en un hilo invisible. Cada luna tenía un símbolo grabado en su superficie, tan nítido que parecía dibujado con luz: La primera, un fuego que se retorcía sin consumir nada. La segunda, un copo de hielo, fractal e imposible. La tercera, una pluma suspendida en caída eterna. La cuarta, una garra curvada, afilada, casi viva. La quinta, una lágrima que nunca terminaba de caer. La sexta, una sombra sin forma, como un borrón vivo. La séptima, un símbolo hecho de ondas, como un canto congelado. Las siete lunas giraban lentamente sobre sí mismas, proyectando reflejos que se entremezclaban. Cada vez que una luna se inclinaba, su símbolo se estampaba en el espejo oscuro bajo ellas, como si marcara un territorio secreto. Katy no hablaba en el sueño. No sabía si podía. Pero sentía algo: una presión en el pecho, un tirón suave que no dolía, pero que daba miedo. Como si alguien —o algo— la estuviera tomando de la mano desde muy lejos y tirara de ella hacia esas lunas. Entonces escuchó la voz.

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